Yamilka, ¿cómo estás?

 

Punto de Encuentro
Por: Yamilka Rodríguez

Yamilka, ¿cómo estás?

Hay preguntas que hacemos tantas veces al día que terminamos pronunciándolas casi por costumbre. Una de ellas es: «¿Cómo estás?». La hacemos cuando saludamos a un amigo, cuando nos encontramos con un compañero de trabajo o cuando conversamos con alguien cercano. Sin embargo, últimamente he reparado en algo curioso: me gusta mirarme al espejo y hablar conmigo misma, pero no siempre me detengo a preguntarme cómo estoy realmente.

Puedo pasar el día resolviendo cosas pendientes, cumpliendo compromisos y responsabilidades, y preguntándole a otras personas cómo se sienten, sin dedicarme unos minutos para escuchar mi propia respuesta. Y cuando hago esa pregunta a quienes me rodean, he notado que algunas personas se sorprenden. Hacen una pausa, parecen buscar las palabras y necesitan pensar antes de contestar. Ese pequeño momento me ha llevado a preguntarme cuántas veces nosotros mismos tampoco sabemos cómo estamos, sencillamente porque no nos hemos detenido a averiguarlo.

Decir «estoy bien» es una respuesta fácil, rápida y socialmente aceptada. Nos permite continuar la conversación sin dar explicaciones, pero ¿qué significa realmente estar bien? Podemos sentirnos físicamente saludables y, al mismo tiempo, cargar con una preocupación que no hemos sabido expresar. Podemos cumplir con nuestras obligaciones mientras nos afecta una situación laboral, nos decepciona algo que no salió como esperábamos o nos inquieta lo que está viviendo alguien a quien queremos. También podemos estar contentos por algunas cosas y preocupados por otras. La vida emocional no siempre cabe en una respuesta de dos palabras.

Quizás hemos aprendido a identificar con facilidad lo que tenemos que hacer, pero no siempre lo que sentimos mientras lo hacemos. Sabemos qué cosas o situaciones debemos resolver, a quién tenemos que llamar, qué compromiso debemos cumplir y qué esperan los demás de nosotros. Sin embargo, cuando llega el momento de mirar hacia dentro, puede que no encontremos una respuesta tan clara. No necesariamente porque estemos mal, sino porque hemos dejado de prestarnos atención.

Preguntarnos cómo estamos requiere algo más que formular una pregunta. Implica hacer una pausa y reconocer lo que sucede dentro de nosotros, incluso cuando la respuesta no es la que quisiéramos dar. A veces descubriremos que estamos bien y que necesitamos agradecerlo. Otras veces reconoceremos cansancio, preocupación, frustración o tristeza. También podemos encontrar emociones contradictorias: sentirnos satisfechos con una parte de nuestra vida y, al mismo tiempo, desear que otra fuera diferente. Identificarlo no significa que tengamos que resolverlo todo inmediatamente; significa que empezamos a comprendernos mejor.

Pero esta reflexión no termina frente al espejo. También alcanza la manera en que nos relacionamos con los demás. ¿Cuántas veces preguntamos «¿cómo estás?» mientras seguimos mirando el teléfono, pensando en lo próximo que debemos hacer o esperando nuestro turno para hablar? ¿Cuántas veces alguien comienza a contarnos lo que le ocurre y nos apresuramos a ofrecer soluciones, restarle importancia a su situación o compartir una experiencia propia, sin permitirle terminar de expresarse?

Preguntar cómo está otra persona también implica estar dispuestos a escuchar una respuesta distinta de «bien». No siempre necesitaremos tener un consejo preparado ni encontrar una solución. En ocasiones, bastará con ofrecer nuestra atención, hacer otra pregunta con interés genuino y permitir que la persona se exprese sin sentirse juzgada o presionada a cambiar de ánimo. Escuchar no significa asumir los problemas ajenos como propios; significa reconocer que, detrás de una respuesta cotidiana, puede haber una experiencia que merece ser atendida.

Tal vez no podamos cambiar todas las circunstancias que nos afectan, ni tengamos siempre el tiempo o las condiciones ideales para detenernos. Pero podemos comenzar con algo sencillo: hacer una pausa, mirarnos con honestidad y preguntarnos cómo estamos, sin responder automáticamente. Y cuando hagamos esa misma pregunta a alguien más, procurar que no sea solamente una fórmula de cortesía, sino una oportunidad real para acercarnos.

Hoy quiero dejarme una pregunta que también puede servirnos a todos: si tenemos tiempo para atender tantas responsabilidades y para preguntarle a los demás cómo están, ¿por qué no reservar unos minutos para escucharnos a nosotros mismos?

La próxima vez que te mires al espejo, prueba a preguntarte: «¿Cómo estás?». No respondas por costumbre ni por compromiso. Date la oportunidad de escuchar lo que tienes que decirte.

Porque, a veces, el primer paso para comprender lo que necesitamos no consiste en hacer algo más, sino en detenernos lo suficiente para reconocer cómo nos sentimos.

Y tú, ¿cómo estás?

Punto de Encuentro

Yamilka Rodríguez

Reflexiones que dejan huellas

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