La culpa que no nos corresponde


Punto de Encuentro

Yamilka Rodríguez

Hay culpas que asumimos porque realmente nos corresponde hacernos responsables de nuestros actos. Pero también existen otras que cargamos durante mucho tiempo porque, en algún momento, llegamos a creer que todo lo que salió mal tenía que ver con uno mismo.

Y distinguir entre una cosa y la otra puede cambiar completamente la manera en que miramos nuestra historia.

Cuando algo termina, cuando una relación se rompe, cuando una familia atraviesa un conflicto o cuando una decisión no produce el resultado que esperábamos, es común comenzar a buscar explicaciones. Y cuando estamos heridos, muchas veces la explicación más fácil termina siendo también la más dolorosa:

“Fue culpa mía.”

Lo difícil es que, cuando estamos atravesando el dolor, no siempre tenemos la claridad suficiente para distinguir entre responsabilidad y culpa.

La responsabilidad nos permite mirar nuestros actos con honestidad: reconocer aquello que hicimos mal, aquello que pudimos hacer diferente, aquello que nos corresponde reparar y aquello que podemos aprender.

La culpa, en cambio, puede llevarnos mucho más lejos: puede hacernos creer que somos responsables de todo, incluso de aquello que nunca estuvo completamente bajo nuestro control. Y ahí podemos comenzar a hacernos daño.

En una relación de pareja somos dos. Dos personas con historias diferentes, necesidades diferentes, formas distintas de comunicarse, decisiones propias, errores, aciertos y maneras particulares de enfrentar los conflictos, sin dejar de lado la famosa mochila que todos cargamos; las creencias o todo aquello que se nos inculcó y que no reconocemos.

Por eso, cuando una relación termina, cada persona puede tener una parte de responsabilidad que revisar. Podemos reconocer nuestros errores sin necesidad de apropiarnos de toda la historia.

Mi parte no tiene que convertirse en el cien por ciento de la historia.

Cuando estamos atravesando una separación, sin embargo, no siempre podemos verlo así. El dolor tiene una manera particular de oscurecer las cosas. Podemos comenzar a revisar cada conversación, cada discusión, cada decisión, cada palabra que dijimos o dejamos de decir. Y poco a poco podemos construir una historia en la que nosotros aparecemos como responsables de todo lo que salió mal.

Podemos llegar incluso a pensar que merecíamos el trato que recibimos. Y esa es una carga demasiado pesada para llevar.

Con el tiempo, y muchas veces con ayuda, acompañamiento y un proceso profundo de reflexión, podemos comenzar a mirar las cosas desde otro lugar. No para negar nuestros errores, tampoco para convertir al otro en culpable de todo; sino para recuperar una mirada más justa sobre nosotros mismos.

Porque asumir nuestra responsabilidad también significa saber hasta dónde llega.

Pero la culpa no aparece solamente en las relaciones de pareja.

También puede instalarse dentro de las familias.

Hay familias en las que uno de los hijos termina asumiendo una responsabilidad mayor frente a los padres. A veces porque vive cerca, porque tiene más disponibilidad, porque históricamente ha sido quien resuelve o porque, sencillamente, alguien tenía que hacerlo.

Y con el tiempo puede llegar a sentir que, si no está disponible, está fallando.

Pero una cosa es asumir una responsabilidad y otra muy distinta es creer que toda la responsabilidad es nuestra.

El cuidado de los padres también puede ser una responsabilidad compartida. Cada uno podrá aportar de acuerdo con sus posibilidades, circunstancias y capacidades, pero eso no significa que una sola persona deba cargar con todo simplemente porque es quien está más cerca o quien ha demostrado mayor disposición.

La disponibilidad de una persona no convierte una responsabilidad colectiva en una responsabilidad individual.

Y comprenderlo no significa amar menos. Significa entender que también necesitamos límites para poder cuidar sin desaparecer nosotros mismos en el proceso.

Quizás por eso necesitamos revisar algunas de las culpas que hemos aprendido a llevar.

La culpa por decir que no.

La culpa por vivir lejos.

La culpa por elegir una vida diferente.

La culpa por no poder resolverlo todo.

La culpa por querer nuestro propio espacio.

La culpa por poner límites.

La culpa por reconocer que estamos cansados.

La culpa por elegirnos.

Y quizás algunas de esas culpas no nos corresponden.

Eso no significa vivir sin asumir consecuencias ni utilizar el concepto de límites para justificar cualquier comportamiento. Significa aprender a distinguir entre hacerme responsable de mis decisiones y responsabilizarme por las decisiones, emociones o expectativas de los demás.

No siempre podemos evitar que alguien se decepcione con nuestras decisiones.

No siempre podremos cumplir las expectativas que otros han construido sobre nosotros.

Y eso tampoco significa que estemos haciendo algo malo.

Hay momentos en la vida en los que crecer implica dejar de preguntarnos solamente:

¿Qué esperan de mí?

y comenzar a preguntarnos:

¿Qué me corresponde realmente?

Tal vez parte de sanar consiste precisamente en aprender a devolver aquellas culpas que cargamos durante años sin preguntarnos siquiera si eran nuestras.

Reconocer nuestros errores nos hace responsables. Aprender de ellos nos hace crecer.

Pero castigarnos indefinidamente por ellos no nos hace mejores.

Hoy creo que también podemos ser honestos con nuestra historia sin convertirnos en nuestros propios jueces.

Podemos decir:

Sí, me equivoqué, eso no significa que todo haya sido mi culpa.

Podemos reconocer nuestra parte sin cargar con la del otro.

Podemos amar sin renunciar completamente a nosotros mismos, podemos comenzar nuevamente sin llevar sobre los hombros una condena que no necesitamos.

Porque quizás madurar también sea esto: aprender a distinguir entre lo que nos corresponde reparar y aquello que necesitamos dejar de cargar.

No toda culpa que sentimos nos pertenece.

Y aprender a reconocerlo también puede ser una forma de volver a nosotros mismos.


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