También somos nuestras sombras
¿Alguna vez te has preguntado cuántas versiones de ti misma conocen las personas que forman parte de tu vida?
La pregunta me surgió mientras leía sobre personalidad y comenzaba a observarme con un poco más de atención. Pensé en algo curioso: para mis hermanos soy una persona; para mis amigas de toda la vida, probablemente conocen otra faceta de mí; mis compañeros de trabajo conocen una versión que quizás mis amigas nunca han visto, y quienes han compartido conmigo una relación de pareja han conocido aspectos que difícilmente aparecen en otros espacios.
Y no, eso no significa que seamos personas diferentes. Tampoco que llevemos máscaras dependiendo de quién tenemos delante.
Somos una misma persona, pero cada relación, cada circunstancia y cada etapa de la vida puede mostrarnos desde un ángulo diferente.
Hay personas que conocen nuestra parte alegre y espontánea. Otras han visto nuestra vulnerabilidad. Algunas conocen nuestra capacidad de resolverlo todo, mientras otras han tenido que lidiar con nuestra impaciencia, nuestro carácter fuerte o esa necesidad de tener las cosas bajo control.
Todas esas versiones son reales.
Quizás por eso conocernos no consiste solamente en descubrir cuáles son nuestras fortalezas. También implica atrevernos a mirar esas partes que no siempre nos gustan tanto.
Porque todos tenemos luces y sombras.
Y hay algo que me parece todavía más interesante: muchas veces nuestras sombras no son lo contrario de nuestras luces. Son nuestras propias fortalezas llevadas demasiado lejos.
La responsabilidad, por ejemplo, puede convertirnos en personas confiables, pero también puede llevarnos a cargar con todo, incluso con aquello que no nos corresponde.
La determinación puede ayudarnos a alcanzar lo que nos proponemos, pero llevada al extremo puede convertirse en terquedad.
Ser resolutivos nos permite encontrar caminos cuando otros solamente ven problemas, pero también puede hacernos creer que siempre tenemos que ser nosotros quienes encontremos la solución.
La independencia puede darnos libertad, pero puede convertirse en dificultad para pedir ayuda.
La exigencia puede impulsarnos a mejorar, pero también puede hacernos demasiado duros con nosotros mismos y con quienes nos rodean.
Y así podríamos continuar.
Por eso creo que una de las tareas más interesantes de crecer no es convertirnos en personas perfectas, sino aprender a reconocernos.
Observar cómo reaccionamos cuando estamos cansados, frustrados, heridos, bajo presión o cuando las cosas no salen como esperábamos. Preguntarnos qué parte de nosotros aparece en esos momentos y qué nos está intentando decir.
Porque es muy fácil reconocernos cuando estamos tranquilos y todo marcha bien. Lo verdaderamente revelador ocurre cuando la vida nos aprieta.
Hace poco, mientras pensaba en mi propia personalidad y en esas diferentes facetas que los demás pueden conocer de mí, me descubrí haciendo algo que quizás no hacemos con suficiente frecuencia: mirarme sin intentar justificarme.
Reconocer que hay cosas de mí que me gustan mucho y otras que todavía estoy aprendiendo a manejar.
Y creo que ahí comienza una forma diferente de madurez.
No se trata de decir “yo soy así” para justificar nuestras conductas, pero tampoco de castigarnos cada vez que descubrimos una parte que no nos gusta.
Se trata de hacernos responsables.
Porque quizá no podemos elegir todas las circunstancias que despiertan nuestras sombras, pero sí podemos aprender a reconocerlas antes de permitir que tomen el control.
También he comprendido que las personas que nos rodean funcionan, de alguna manera, como espejos. Algunas sacan nuestra ternura, otras nuestra paciencia; algunas nos hacen sentir seguros y otras despiertan nuestras inseguridades. Hay relaciones en las que somos nuestra mejor versión y otras en las que descubrimos aspectos de nosotros que preferiríamos no conocer.
Eso no necesariamente significa que alguien nos haya cambiado.
A veces simplemente nos mostró algo que ya estaba ahí.
Y quizás por eso vale la pena mirar nuestras relaciones no solamente desde la pregunta “¿qué me está haciendo esta persona?”, sino también desde otra un poco más incómoda:
¿Qué está despertando esta relación en mí?
La respuesta puede enseñarnos mucho.
Al final, somos una combinación bastante compleja de fortalezas, debilidades, aprendizajes, contradicciones, experiencias y emociones. No somos únicamente la persona que queremos ser cuando todo está en orden. También somos aquella que aparece cuando la vida nos confronta.
Y quizá conocernos de verdad no consiste en decidir cuál de todas esas versiones es la verdadera.
Consiste en reconocerlas todas.
Aceptar nuestras luces sin sentir que debemos presumirlas y mirar nuestras sombras sin sentir que tenemos que esconderlas.
Porque las sombras también tienen algo que enseñarnos.
Tal vez crecer no sea dejar de tenerlas, sino aprender a caminar con ellas sin permitir que sean ellas quienes conduzcan nuestra vida.
Somos luz y sombra. Somos fortaleza y vulnerabilidad. Somos lo que mostramos y también aquello que todavía estamos aprendiendo a comprender.
Y quizás la verdadera madurez comienza cuando dejamos de preguntarnos ¿cuál de todas estas soy? y empezamos a preguntarnos:
¿Qué hago con todo lo que soy?
Punto de Encuentro
Reflexiones que dejan huellas.

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