Cuando el problema se vuelve parte del paisaje

Punto de Encuentro
Reflexiones que dejan huellas

Yamilka Rodríguez

Cuando el problema se vuelve parte del paisaje


Hace unos días, mientras conversaba sobre algunos de los retos que enfrenta Constanza, volví a pensar en un tema que no es nuevo, pero que cada vez resulta más difícil ignorar: el tránsito.

Y digo que no es nuevo porque, al revisar mis archivos, encontré una publicación de la Revista Portadas, edición número 20, año 5, correspondiente a 2019. Allí, el abogado Ricardo Quezada Vásquez planteaba una pregunta que todavía hoy resulta pertinente: “¿Cómo mejorar el caótico tránsito en Constanza?”

En aquel momento ya se hablaba de cómo el crecimiento del municipio había traído consigo un aumento del comercio, la población, la construcción y la circulación vehicular. También se planteaba la necesidad de educar a la ciudadanía y de involucrar tanto a las autoridades como a la sociedad civil en la búsqueda de soluciones.

Han pasado varios años y, lejos de desaparecer, el desafío parece haberse hecho mayor.

En una entrevista reciente en Constanza tuve la oportunidad de referirme precisamente a esta realidad. Hoy contamos con un parque vehicular considerablemente mayor, compuesto no solamente por vehículos de uso personal, sino también por aquellos vinculados a la actividad agrícola, el principal motor económico de nuestro municipio. A esto debemos sumar la cantidad de visitantes que llegan cada mes atraídos por nuestros paisajes, nuestro clima, nuestra gastronomía y las experiencias que ofrece esta tierra.

Y hay otro elemento que no podemos dejar fuera de la conversación: las motocicletas o motores.

Son parte importante de la dinámica cotidiana de Constanza y constituyen un medio de transporte necesario para muchas personas, pero su creciente presencia también nos plantea el reto de fortalecer la educación vial y la convivencia entre quienes utilizan las calles. En determinados momentos, algunas prácticas de conducción terminan convirtiéndose en una molestia o, peor aún, en un riesgo para quienes se desplazan en vehículos y para quienes caminan por nuestras calles.

No escribo esto para señalar a un grupo determinado ni para convertir la conversación en una búsqueda de culpables. Todo lo contrario. Creo que estamos frente a una realidad que requiere que nos sentemos a pensar como municipio.

Constanza creció. Y probablemente seguirá creciendo.

Cuando nuestro pueblo comenzó a desarrollarse, nadie podía imaginar el nivel de actividad vehicular que tendríamos décadas después. Tampoco era posible anticipar la cantidad de personas que hoy se desplazan diariamente hacia nuestros campos, nuestros comercios, nuestras comunidades y nuestros atractivos turísticos.

El problema, entonces, no es que Constanza haya progresado. 

El reto es aprender a organizar el progreso.

Porque una ciudad puede tener más vehículos, más visitantes, más comercio y más actividad económica y, al mismo tiempo, necesitar mejores mecanismos para garantizar que ese crecimiento no termine afectando la calidad de vida de quienes la habitan ni la experiencia de quienes nos visitan.

Y aquí es donde creo que todos tenemos una responsabilidad.

Las autoridades municipales tienen un papel fundamental. Las instituciones encargadas de regular y educar en materia de tránsito también. Pero igualmente importantes son las organizaciones sociales, las agrupaciones comunitarias, los centros educativos, los comerciantes, los conductores, los motociclistas y nosotros, los ciudadanos.

No podemos esperar que una sola institución resuelva un problema que pertenece a todos.

Necesitamos conversar sobre alternativas, buscar soluciones que respondan a nuestra realidad y, sobre todo, educar. Educar al conductor, al motociclista, al peatón y también a las nuevas generaciones que tendrán que convivir con una Constanza cada vez más activa.

Porque el tránsito no es solamente una cuestión de vehículos.

Es una cuestión de convivencia.

Cada vez que estacionamos donde no corresponde, ignoramos una señal, conducimos de manera imprudente, ocupamos un espacio que corresponde al peatón o utilizamos la vía pública como si fuera exclusivamente nuestra, estamos contribuyendo a ese caos que después reclamamos.

Y quizás ese sea uno de los mayores desafíos: dejar de pensar que el problema siempre lo provoca “el otro”.

Porque todos somos parte del tránsito.

Todos somos usuarios de las calles.

Todos tenemos derechos, pero también responsabilidades.

Y hay algo que me preocupa especialmente: que terminemos acostumbrándonos.

Que el congestionamiento, el desorden, las maniobras imprudentes, las motocicletas circulando sin respetar las normas o cualquier otra conducta que hoy nos incomoda terminen convirtiéndose en parte del paisaje cotidiano.

Cuando eso ocurre, dejamos de preguntarnos cómo solucionarlo y comenzamos simplemente a convivir con ello.

Y no deberíamos normalizar aquello que sabemos que puede hacerse mejor.

Constanza tiene frente a sí enormes oportunidades. Su potencial turístico, agrícola y comercial es innegable. Pero precisamente por eso debemos comenzar a pensar en la ciudad que queremos tener dentro de diez, quince o veinte años.

No se trata solamente de resolver el tránsito de hoy.

Se trata de prepararnos para la Constanza que viene.

Por eso, desde esta columna, quiero hacer un llamado respetuoso a nuestras autoridades locales, a las instituciones, a las agrupaciones civiles y sociales y a todos aquellos que tienen algo que aportar: abramos la conversación.

Busquemos alternativas.

Escuchemos a quienes conocen el problema desde diferentes perspectivas.

Eduquemos.

Organicemos.

Y, sobre todo, entendamos que preservar el potencial de Constanza también implica cuidar la manera en que nos movilizamos dentro de ella.

Porque el visitante que llega a nuestras montañas no solamente se lleva una fotografía de nuestros paisajes. También se lleva la experiencia de cómo lo recibimos, cómo nos comportamos y cómo funciona nuestro pueblo.

Y quienes viven allí merecen transitar por nuestras calles con seguridad, respeto y dignidad.

En 2019 alguien preguntaba cómo mejorar el caótico tránsito de Constanza.

En 2026 seguimos conversando sobre el mismo desafío.

Quizás la pregunta que corresponde ahora no sea solamente cómo mejorar el tránsito, sino:
¿Qué estamos dispuestos a hacer, juntos, para que dentro de algunos años no sigamos escribiendo sobre el mismo problema?

Punto de Encuentro
Los problemas que no resolvemos terminan convirtiéndose en parte del paisaje. Y cuando eso ocurre, dejamos de buscar soluciones porque aprendemos a convivir con ellos.


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