A veces hay que volver al principio para descubrir cuánto hemos avanzado

Punto de Encuentro

Yamilka Rodríguez

Reflexiones que dejan huellas

A veces hay que volver al principio para descubrir cuánto hemos avanzado

Esta fotografía tiene casi ocho años.

Es del 24 de octubre de 2018 y pertenece a una etapa en la que estaba comenzando a construir, con mis propias manos, un proyecto que todavía hoy forma parte de mi historia.

Hace unos días volví a hacer lo mismo que hacía entonces. Y mientras trabajaba, tuve una sensación curiosa: por un momento parecía que había regresado a aquel lugar.

Pero bastaron unas horas para entender que no había vuelto al principio.

Había vuelto a encontrarme con una versión de mí que ya había quedado atrás.

A veces hay que volver al principio para descubrir cuánto hemos avanzado

Volví a preparar yo sola un pedido de pasteles en hoja, como cuando apenas comenzaba con este proyecto que, sin saberlo, terminaría acompañándome durante tantos años. Mientras trabajaba, tuve la sensación de estar haciendo prácticamente lo mismo que hacía en aquellos primeros tiempos, pero había algo que definitivamente ya no era igual: yo.

En 2018 hacía todo en un mismo día. Era la manera que había encontrado para sacar adelante cada pedido. Con el tiempo aprendí que no tenía que hacerlo todo de una vez, que podía organizar el trabajo por etapas, distribuir las tareas, involucrar a mis hijos, apoyarme en otras personas y construir un sistema que me permitiera continuar haciendo aquello que disfrutaba sin terminar agotada.

Esta vez, por circunstancias particulares, volví a hacerlo todo sola. Y ocurrió algo que me hizo detenerme a pensar: terminé después de un par de horas, tranquila, satisfecha y agradecida. No sentí aquella sensación de agotamiento que alguna vez acompañaba estos procesos. Sentí paz.

Entonces entendí que no había vuelto al punto de partida. Había vuelto al mismo lugar, pero siendo otra mujer.

A veces creemos que avanzar significa dejar atrás todo aquello con lo que comenzamos. Pensamos que evolucionar implica no volver a hacer las mismas cosas, cambiar completamente de escenario o demostrar que hemos alcanzado algo diferente. Pero no siempre es así. A veces la evolución consiste precisamente en poder regresar a aquello que hacíamos al principio y descubrir que ahora lo hacemos desde otro lugar: con más experiencia, con más herramientas, con más conciencia, con menos necesidad de demostrar y, quizás lo más importante, con la libertad de elegir cómo queremos hacerlo.

Hay una gran diferencia entre hacer algo porque no tenemos otra opción y hacerlo porque podemos elegir hacerlo.

En 2018 yo estaba construyendo. Hoy sigo construyendo, pero ya conozco el camino. He aprendido a organizarme, a delegar, a pedir ayuda y a entender que no tengo que cargar personalmente con cada parte de un proyecto para demostrar que es mío. También he aprendido que hay momentos en los que quiero hacerlo con mis propias manos, simplemente porque puedo y porque disfruto hacerlo.

Y eso también es crecimiento.

Quizás por eso deberíamos dejar de medir nuestros avances únicamente por aquello que hemos conseguido y comenzar a observar desde dónde hacemos hoy las mismas cosas que antes nos costaban tanto. Porque puede que sigamos teniendo las mismas responsabilidades, enfrentando situaciones parecidas o incluso regresando a actividades que creíamos superadas, pero nosotros ya no somos los mismos.

La mujer que comenzó aquel proyecto en 2018 no sabía todo lo que iba a aprender. No sabía que tendría que crear procesos, buscar ayuda, involucrar a sus hijos, aprender a distribuir su tiempo ni encontrar nuevas maneras de cuidar su energía. Tampoco sabía que ocho años después algunas de aquellas primeras clientas continuarían confiando en su trabajo y que incluso sus hijas formarían parte de esa historia.

Eso también es crecimiento.

No siempre se mide en cifras. A veces se mide en confianza, en permanencia, en relaciones que sobreviven al paso de los años y en la tranquilidad con la que hoy haces algo que antes te exigía muchísimo.

Y quizás por eso, aquella tarde, no terminé pensando en los pasteles. Terminé pensando en aquella mujer de 2018.

Y sentí gratitud por ella.

Por haber comenzado sin saber exactamente hasta dónde podía llegar. Por haber hecho lo que tenía que hacer con las herramientas que tenía. Por haber aprendido sobre la marcha. Por no haber esperado a tenerlo todo perfecto para comenzar.

Porque si ella no hubiera comenzado, yo no tendría hoy la posibilidad de mirar hacia atrás y reconocer cuánto he avanzado.

A veces necesitamos volver al principio para descubrir cuánto hemos crecido.

Volver a un lugar, repetir una tarea, encontrarnos con una vieja costumbre o retomar algo que alguna vez fue parte importante de nuestra vida puede ser una manera maravillosa de reconocer el camino recorrido. No para regresar, sino para mirar desde dónde partimos y comprender todo lo que hemos construido desde entonces.

Hace unos días, mis manos hicieron algo que ya habían hecho muchas veces. Pero mi mente, mi experiencia y mi manera de vivirlo eran completamente diferentes.

Y quizás esa sea una de las formas más bonitas de crecer: hacer lo mismo y descubrir que ya no eres la misma.

Punto de Encuentro

No siempre tienes que hacer algo nuevo para comprobar que has avanzado. A veces basta con volver a hacer algo que hiciste al principio y descubrir que ahora puedes hacerlo desde otro lugar.


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