Las canas no tienen edad, tienen actitud
Punto de Encuentro
Reflexiones que dejan huellas
Las canas no tienen edad, tienen actitud
Hace un tiempo tomé una decisión que para algunas personas puede parecer pequeña, pero que para mí significó mucho: decidí dejarme las canas.
No fue una declaración de guerra contra los tintes, ni una renuncia a la feminidad, ni una manera de demostrar que ya no me importa cómo me veo. Fue, sencillamente, una decisión personal.
Y desde entonces he descubierto algo que me resulta cada vez más interesante: las canas no tienen edad. Tienen actitud.
He encontrado mujeres de veinte, treinta, cuarenta, cincuenta años y más que han decidido llevarlas de maneras completamente diferentes. Algunas las lucen con absoluta naturalidad; otras las combinan con estilos modernos, elegantes o atrevidos. Y hay algo que muchas tienen en común: se sienten bien con ellas mismas.
Eso me ha hecho pensar cuánto hemos aprendido a relacionar las canas con la vejez, como si cada cabello blanco fuera una señal de que estamos dejando atrás nuestra juventud y, por tanto, debiéramos correr a esconderlo.
Durante mucho tiempo nos enseñaron que una mujer debía ocultar las señales del paso de los años: las canas, las arrugas, los cambios del cuerpo… como si envejecer fuera algo que debíamos disimular para continuar siendo atractivas.
Pero quizás el problema nunca fueron las canas.
Quizás el problema está en la historia que aprendimos a contar sobre ellas.
Una mujer con canas no necesariamente está diciendo “soy mayor”. Puede estar diciendo “me gusta como me veo”, “estoy cómoda conmigo”, “decidí experimentar con mi imagen” o simplemente “me gustan así”.
Y lo mismo ocurre con quien decide teñirse. Puede hacerlo porque disfruta cambiar de apariencia, porque le gusta verse de determinada manera o porque, sencillamente, así se siente feliz.
¿Por qué necesitamos encontrar una explicación para cualquiera de las dos decisiones?
Ahí es donde creo que está la verdadera conversación.
No todas las mujeres que llevan canas quieren parecer mayores, de la misma manera que no todas las que se tiñen quieren parecer más jóvenes. Hemos convertido demasiadas decisiones relacionadas con nuestra apariencia en declaraciones sobre nuestra edad, cuando muchas veces simplemente son elecciones sobre cómo queremos vernos.
En mi caso, dejarme las canas también ha sido una forma de reconciliarme con el paso del tiempo. No porque haya dejado de importarme mi apariencia, sino porque entendí que no quiero vivir tratando de convencer al espejo de que tengo otra edad.
Quiero verme bien. Quiero sentirme bien. Quiero reconocerme.
Y quiero que mi imagen sea una expresión de cómo me siento, no una respuesta a lo que otros esperan que una mujer de determinada edad debería aparentar.
Quizás por eso me llama especialmente la atención encontrar mujeres jóvenes que han decidido llevar sus canas. No están esperando cumplir cincuenta, sesenta o setenta para hacerlo. Simplemente han entendido que su cabello no tiene por qué cumplir con un calendario establecido por nadie.
Y cuando veo a una mujer mayor llevarlas con seguridad, también encuentro algo hermoso: no está tratando de esconder la historia que ha vivido. La lleva consigo.
Porque las canas no cuentan únicamente los años. También hablan de experiencias, aprendizajes, pérdidas, alegrías, decisiones, comienzos, errores y victorias. Son parte de una historia que no comenzó ayer.
Y no hay nada de qué avergonzarse en haber vivido lo suficiente para tener una historia que contar.
Tal vez por eso hoy pienso que hemos puesto demasiada atención en la edad que aparentamos y muy poca en la vida que reflejamos.
Una mujer puede tener canas y estar comenzando un nuevo proyecto. Puede tener arrugas y enamorarse nuevamente de la vida. Puede cumplir cincuenta, sesenta o setenta y sentirse con más energía, curiosidad y ganas de aprender que nunca.
La juventud no está en el color del cabello.
Está también en la capacidad de reinventarnos, en la curiosidad, en las ganas de aprender, en la ilusión por comenzar algo nuevo y en esa actitud que nos permite seguir sintiéndonos vivas.
Por eso, si una mujer me preguntara qué pienso sobre dejarse las canas, mi respuesta sería sencilla: haz lo que te haga sentir bien.
No porque exista una manera correcta de llevar el cabello después de determinada edad, sino porque quizás hemos llegado a un momento en el que podemos dejar de vivir bajo tantas reglas que nunca escogimos.
Y eso, para mí, es mucho más importante que el color de cualquier cabello.
Porque quizás la verdadera libertad no está en llevar las canas ni en cubrirlas.
Está en mirarnos al espejo y poder decir:
“Esto lo elegí yo.”
Qué bonito es llegar a una etapa de la vida en la que ya no queremos parecernos a alguien más, ni demostrar que tenemos menos años, ni cumplir con la imagen que otros esperan de nosotras.
Queremos parecernos cada vez más a nosotras mismas.
Punto de Encuentro
No se trata de aparentar menos años. Se trata de vivir los que tenemos con la libertad de elegir cómo queremos llevarlos.
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