La cultura de la prisa

Punto de Encuentro

Reflexiones que dejan huellas.


La cultura de la prisa nos está robando la vida

¿En qué momento comenzamos a vivir con tanta prisa?

Corremos para llegar al trabajo. Corremos para cumplir compromisos. Corremos para responder mensajes, hacer filas, terminar pendientes y planificar el día siguiente. Vivimos convencidos de que siempre hay algo más por hacer, como si detenernos por unos minutos fuera un lujo que ya no podemos permitirnos.

Paradójicamente, nunca habíamos contado con tantas herramientas para ahorrar tiempo y, sin embargo, nunca habíamos sentido que el tiempo nos faltara tanto.

La tecnología nos prometió simplificar la vida. Hoy podemos pagar una factura desde el teléfono, reunirnos sin salir de casa o comunicarnos con alguien al otro lado del mundo en cuestión de segundos. Sin embargo, en lugar de regalarnos más tranquilidad, pareciera que solo nos permitió llenar nuestra agenda con más actividades.

Nos acostumbramos a vivir ocupados, y poco a poco, confundimos estar ocupados con ser productivos.

La prisa se convirtió en una forma de vida.

Respondemos "todo bien" sin esperar que alguien quiera saber cómo estamos realmente. Comemos mirando una pantalla. Conversamos mientras revisamos notificaciones. Salimos de vacaciones, pero seguimos pendientes del trabajo. Visitamos a quienes amamos sin dejar de mirar el reloj.

Estamos presentes físicamente, pero ausentes en lo esencial.

Hace unos días, durante el retiro **Reverde-Ser**, viví una experiencia que me obligó a detenerme. Entre las montañas de Constanza, el sonido de Aguas Blancas, el aroma de los pinos y la inmensidad del paisaje, comprendí algo que había olvidado en medio de la rutina: la naturaleza nunca tiene prisa.

Las estaciones llegan a su tiempo, las semillas germinan cuando les corresponde, los árboles crecen lentamente, los ríos siguen su curso sin apresurarse.

Y, aun así, todo ocurre exactamente cuando debe ocurrir.

Mientras contemplaba aquella belleza pensé en cuántas veces nosotros mismos nos robamos esos pequeños momentos que alimentan el alma. Un amanecer. Una conversación sin interrupciones. Un café compartido. Una caminata. Una oración en silencio. El abrazo de un ser querido.

Son instantes sencillos, pero muchas veces los sacrificamos en nombre de una productividad que nunca parece ser suficiente, no se trata de dejar de trabajar, tampoco de renunciar a nuestras responsabilidades.

El trabajo dignifica y el compromiso habla bien de quienes somos.

La pregunta es otra:

¿Estamos trabajando para vivir o viviendo únicamente para trabajar?

Hay una diferencia enorme entre administrar el tiempo y dejar que el tiempo nos administre a nosotros.

Porque la vida no siempre nos pedirá que corramos, a veces nos pedirá que nos detengamos.

Que escuchemos, que agradezcamos, que contemplemos, que estemos verdaderamente presentes.

Quizás el mayor éxito no consista en llenar la agenda de compromisos, sino en llenar la vida de momentos que realmente valgan la pena recordar.

Al final, nadie recordará cuántos correos respondimos, cuántas reuniones tuvimos o cuántas tareas logramos terminar en un día.

Recordaremos las conversaciones que cambiaron nuestra vida, los paisajes que nos devolvieron la paz, las personas que nos regalaron su tiempo y aquellos instantes en los que comprendimos que la felicidad no estaba en llegar más rápido, sino en aprender a disfrutar el camino.

Tal vez la cultura de la prisa nos ha hecho creer que vivir más rápido es vivir mejor.

Yo empiezo a pensar exactamente lo contrario.

Quizás la verdadera riqueza esté en recuperar la capacidad de detenernos, respirar profundamente y descubrir que la vida sigue ocurriendo mientras estamos demasiado ocupados para verla.

El tiempo nunca será nuestro enemigo. El verdadero riesgo es dejar que la prisa nos robe aquello que hace que la vida realmente valga la pena.


Yamilka Rodríguez


Punto de Encuentro

La historia se escribe cada día. Depende de nosotros decidir qué merece ser recordado.


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