Cuando las raíces nos llaman
Hay lugares que nunca dejan de llamarnos.
Podemos cambiar de ciudad, de país o incluso de continente. La vida nos lleva por caminos inesperados, construimos nuevos hogares, hacemos nuevas amistades y aprendemos a amar otros paisajes. Sin embargo, existen raíces que la distancia nunca consigue romper.
Constanza tiene ese extraño poder.
Quien nace allí, o quien aprende a amar este valle como propio, siempre encuentra una razón para regresar.
Hace apenas unos días tuve el privilegio de vivir dos experiencias muy distintas que, curiosamente, me condujeron a la misma reflexión.
La primera fue la celebración del 43.º aniversario de la Fiesta Anual de Constanceros, una tradición que durante más de cuatro décadas ha reunido a generaciones de hombres y mujeres que, aunque hoy vivan en distintos lugares, siguen sintiendo a Constanza como su hogar. Detrás de esta hermosa iniciativa permanece, con la misma convicción del primer día, su fundador, Martín Damián, quien ha dedicado más de cuarenta años a mantener vivo ese espacio de encuentro, amistad e identidad.
Mientras observaba los abrazos, las conversaciones, las fotografías y las sonrisas de quienes se reencontraban después de tanto tiempo, comprendí que aquella celebración era mucho más que una fiesta.
Era la confirmación de que hay vínculos que el tiempo no logra romper.
Días después viví una experiencia completamente diferente, pero con el mismo significado.
Participé en Reverde-Ser, un retiro para mujeres organizado por la constancera Milena Delgado, quien, a pesar de residir fuera del país, decidió regresar a la tierra que la vio crecer para compartir una experiencia de renovación espiritual profundamente conectada con la naturaleza.
No fue un retiro tradicional.
No permanecimos encerradas entre cuatro paredes.
Nuestra iglesia fue el valle.
Nuestro templo fueron las montañas.
Nuestra alabanza se elevó junto al murmullo del agua y el canto de las aves.
Recorrimos Aguas Blancas, contemplamos la inmensidad de nuestras montañas, respiramos el aire fresco que distingue a Constanza, compartimos alimentos cultivados en esta tierra fértil y nos maravillamos con los colores, los aromas y la serenidad que solo la naturaleza puede ofrecer.
Mientras caminaba por aquellos senderos entendí que muchas veces buscamos a Dios levantando la mirada al cielo, cuando también podemos encontrarlo contemplando la perfección de Su creación.
En cada árbol.
En cada gota de agua.
En cada sembradío.
En la neblina que abraza el valle al amanecer.
En el trabajo silencioso de quienes cultivan la tierra.
Y, sobre todo, en la capacidad de detenernos para agradecer.
Entonces comprendí que aquellos dos encuentros, aparentemente tan distintos, estaban unidos por un mismo propósito.
Martín Damián lleva cuarenta y tres años recordándonos que nunca debemos perder el vínculo con nuestra tierra.
Milena Delgado nos recordó que también podemos reencontrarnos con Dios a través de esa misma tierra.
Uno reunió generaciones.
La otra reunió corazones.
Uno fortaleció nuestra identidad.
La otra fortaleció nuestro espíritu.
Ambos nos invitaron a volver.
Durante la Fiesta Anual de Constanceros una periodista me preguntó qué significaba para mí ser constancera.
Respondí desde el corazón.
Pero fue días después, mientras contemplaba las montañas durante Reverde-Ser, cuando encontré la respuesta completa.
Ser constancera no consiste únicamente en haber nacido en este valle privilegiado.
Es sentir orgullo por nuestras raíces.
Es agradecer la tierra que nos alimenta.
Es emocionarnos cuando regresamos.
Es llevar el nombre de nuestro pueblo con dignidad, allí donde la vida nos conduzca.
Es comprender que la verdadera riqueza de Constanza no está solamente en su clima, en sus paisajes o en la fertilidad de sus tierras.
Su mayor riqueza está en su gente.
En hombres y mujeres que, como Martín Damián y Milena Delgado, han demostrado que el amor por un pueblo no depende de la cercanía, sino del compromiso con su gente y con su historia.
Porque uno puede marcharse de Constanza.
Lo que resulta imposible es lograr que Constanza se marche de nosotros.
Quizás ese sea el verdadero significado de pertenecer a un lugar.
No llevarlo únicamente en la dirección donde nacimos, sino en la manera en que vivimos, servimos y agradecemos.
Porque un pueblo no se construye solamente con calles, edificios o cosechas.
Se construye con personas que, una y otra vez, deciden volver para sembrar algo bueno en la tierra que un día también sembró en ellas.
Punto de Encuentro
"La historia se escribe cada día. Depende de nosotros decidir qué merece ser recordado."
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