Los maestros que nunca dejamos de recordar
Punto de Encuentro
Hay personas que nunca construyeron un puente, una carretera o un edificio. Sin embargo, dedicaron su vida a construir algo mucho más importante: seres humanos.
Cada vez que un médico salva una vida, un agricultor cultiva la tierra, un empresario genera empleos o un profesional alcanza sus metas, detrás de esa historia hubo, alguna vez, un maestro que creyó en sus capacidades antes de que él mismo las descubriera.
Hay personas que nos marcan, nos enseñan y nos educan. Son aquellas que, vestidas de sabiduría, llevan consigo una enciclopedia de conocimientos, experiencias y valores para compartir con sus estudiantes. Sí, hablo de los tantos maestros que han pasado por las aulas constanceras y que han dejado una huella imborrable en generaciones enteras.
Hoy, 30 de junio de 2026, Día Nacional del Maestro, quiero rendir homenaje a tantos hombres y mujeres que un día soltaron la azada para empuñar un lápiz; que cambiaron el surco por el pizarrón y dedicaron su vida a sembrar conocimiento, formando la sociedad que hoy somos.
Constanza ha tenido el privilegio de contar con educadores nacidos en esta tierra fértil, hombres y mujeres que entendieron que enseñar era una forma de sembrar futuro. Nombres como Matiti Robiu, Leda Peguero, Asia Colón, Miguel Abreu, Félix Gutiérrez, Simona Victoriano, Marisol Morel, Panchita Queliz, Carmen Queliz, Manuel Quezada, Margarita García, Catalina Soriano, Rosario Suriel y Olga Núñez forman parte de esa generación de maestros cuya labor trascendió las paredes de las aulas para convertirse en ejemplo de servicio y compromiso con la comunidad.
También debemos agradecer a quienes llegaron desde otros lugares y adoptaron a Constanza como suya, aportando conocimientos, disciplina y vocación a la formación de nuestros niños y jóvenes. Entre ellos, Sor Juana, Sor Nolia, el profesor Capellán y Cosetti Brito, cuyos aportes permanecen vivos en la memoria de quienes tuvimos el privilegio de aprender de ellos.
Muchos otros nombres merecen ser mencionados. La mayoría quedarán fuera de estas líneas, no por falta de mérito, sino porque sería imposible reunir en un solo artículo la grandeza de todos aquellos que hicieron de la enseñanza una misión de vida. A cada uno de ellos, mi respeto, mi admiración y mi más sincero agradecimiento.
Guardo un recuerdo muy especial de mis años en el Colegio Nuestra Señora del Valle. Cada mañana debíamos llegar puntuales para formar filas, cantar el Himno Nacional e izar la bandera. Era un momento de profundo respeto: el uniforme impecable, los accesorios correctamente colocados y la solemnidad propia de quien entendía que ese acto representaba mucho más que una rutina escolar. Con el paso de los años comprendí que aquellas prácticas no solo enseñaban disciplina; también formaban ciudadanos, cultivaban valores y fortalecían el amor por la patria. Hoy agradezco profundamente haber sido educada de esa manera.
Las aulas han cambiado. Los tiempos son distintos y la tecnología ha transformado la forma en que aprendemos y nos comunicamos. Sin embargo, hay algo que ninguna innovación podrá reemplazar: la influencia de un buen maestro.
Porque educar no consiste únicamente en transmitir conocimientos. Educar es despertar sueños, fortalecer valores, cultivar el pensamiento crítico y enseñar, sobre todo, con el ejemplo.
Por eso quiero dirigirme a los jóvenes maestros que hoy comienzan o continúan esta hermosa vocación. Tal vez, dentro de veinte o treinta años, muchos de sus estudiantes no recuerden una fecha histórica, una fórmula matemática o la calificación de un examen. Pero sí recordarán aquella palabra de aliento cuando más la necesitaban, la confianza que alguien depositó en ellos o aquella enseñanza que les permitió tomar una mejor decisión en la vida.
Ese es el verdadero legado de un maestro.
En este Día Nacional del Maestro, celebremos a quienes nos enseñaron a leer, a escribir y a pensar, pero también a quienes nos enseñaron a ser mejores seres humanos.
Porque los pueblos crecen gracias a sus agricultores, sus comerciantes, sus profesionales y sus líderes; pero todos ellos, sin excepción, pasaron primero por las manos de un maestro.
Y esa es una huella que el tiempo jamás podrá borrar.
Yamilka Rodríguez
La historia se escribe cada día. Depende de nosotros decidir qué merece ser recordado.
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